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El Parque Nacional de Timanfaya

Esta plataforma de 200 Km2 de extensión cubierta por todo tipo de restos volcánicos, que desciende suavemente desde 200 m. s/m. hasta la costa, presenta una visión apocalíptica. Nos encontramos con un paraje insólito creado por la furia de más de 300 volcanes vomitando fuego sobre el océano. Es uno de los más impresionantes Parques Naturales de España y la región volcánica más grande de las Islas Canarias, habiendo sido declarada por la UNESCO Reserva de la Biosfera en 1993.

Su acceso es fácil por carretera, pues casi todos los caminos conducen a Timanfaya. Así visitaremos los más impresionantes parajes en camello o en autobús, (pues cada cuarto de hora, desde las 9 a las 6 de la tarde, en verano, o hasta las 5 de la tarde, en invierno, parte un autobús desde el centro de recepción).

Cruzamos un mar de lava petrificada, extensos desiertos de cenizas volcánicas. Llegamos a la Montaña de Fuego, que da la impresión de un planeta deshabitado. Aquí las grietas del volcán, todavía incandescente, están abiertas, y a solo unos centímetros del suelo encontramos una temperatura superior a los 400ºC. El guía, para demostrárnoslo derrama un cubo de agua que al instante la tierra escupe con una violencia tremenda, después acerca un palo con unas ramas, que arden al instante . No salimos de nuestro asombro, incluso podemos almorzar en un restaurante en que cocinan al fuego de las grietas volcánicas. Y aún no hemos llegado a las esculturas de lava con formas extrañísimas, a las cuevas formadas al enfriarse las pompas de aire dentro de la lava incandescente, ni a los profundos cráteres a los que da miedo asomarse si se piensa en cuando estuvieron activos.

Pues hemos oído de los relatos del Padre Curbelo, párroco de Yaiza, que cuenta que el 1 de Septiembre de 1730, entre las 9 y las 10 de la noche, se escuchó un estruendo sordo y desgarrador que sacudió el pueblo hasta los cimientos. La tierra se abría en profundas grietas desde las que se elevaban columnas de fuego de varios cientos de metros, denso humo color de azufre, cenizas y terribles lenguas de lava. A comienzos de 1732, las erupciones alcanzaron tal intensidad que los vecinos tuvieron que huir, guiados por el sacerdote, a refugiarse a la isla de Gran Canaria. Pequeños pueblos y granjas perecieron en pocos instantes bajo el mar de lava. El paisaje de la isla fue literalmente destruido, y en donde hubo verdes valles de cultivo se abrían mares de lava y ceniza. En 1824 un cierto número de cráteres entraron nuevamente en actividad. Después de todo esto, no sorprende la profunda impresión que se lleva el visitante; el Parque de Timanfaya no se olvidará fácilmente.

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